Es tan complicado encontrar una personalidad que no se avergüence tanto de mi. Ésta que no me tolera cuando me bajo la bragueta mientras cuelgo de las patas a un pájaro, o la que se hace la sorda cuando le hago evidente que hubiera preferido nacer refrigeradora. Si me preguntan a cuál de las dos elijo, me inclino por la que tenga el menor costo, o la que me permita comprar una que me entalle mejor. Tal vez a cuadros, como la de un niño bobo vestido por su madre, atrevido, con un aparato dental en la boca y mordiendo el segundo piso de su casa.
A.
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